Master en Coaching – ¿de quién es el problema?

Una exposición del zoológico de Londres terminaba en una sala que decía contener al “predador más peligroso del mundo”. Al abrir la puerta, el visitante se encontraba con… un espejo. Ese mismo “animal” (que te enfrenta cada mañana mientras te afeitas o te maquillas), es la causa de todos tus sufrimientos y la solución de todos tus problemas.

Si hacerse responsable y protagonista es tan efectivo, sí desligarse del problema y verse como víctima es tan inefectivo ¿por qué las personas tendemos a actuar como víctimas y no como protagonistas?

Porque creemos que la seguridad y la felicidad se consiguen mediante la aprobación del otro; porque creemos que el bienestar y el éxito se derivan de la inocencia y el complacer a los demás.

Desde la más tierna infancia aprendemos a igualar responsabilidad con culpabilidad. Por eso hablamos de ser responsable de algo. Cuando mamá encuentra los juguetes desparramados y, con gesto adusto, pregunta

“¿Quién es el responsable de este desastre?”, los dedos siempre apuntan hacia el otro. Cuando papá nos encuentra trenzados en una riña y, con voz de trueno, pregunta “¿Quién es el responsable de esta pelea?”, la respuesta tan enfática como automática es: “¡Él!”. En nuestra mente infantil, ser responsable equivale a “ser causante” o “culpable” de algo. Y ser culpable es algo malo. No sorprende que defendamos nuestra inocencia desapegándonos del problema.

El problema de erradicarse de la explicación de la situación es que uno pierde todo el poder de influir positivamente en ella. Si uno no es parte del problema, no puede ser parte de la solución. Aun cuando uno no sea el agente causal en forma directa, puede descubrirse como parte del sistema que genera el resultado insatisfactorio.

Siempre que uno sufre, “tiene algo que ver” con el asunto.

Veamos un caso real en la empresa:

Un manager con quien estaba trabajando, llamémoslo Luís, estaba enojado porque sus colegas habían programado las vacaciones del personal sin consultarlo. De acuerdo con el calendario establecido, su departamento quedaría con muy poca gente durante un período crítico. Luís estaba furioso, ya que nadie lo había consultado sobre sus necesidades. “¡Esto es increíble!”, exclamaba frustrado. “¿Cómo se les ocurre dejarme con sólo cinco personas en agosto? ¡Están totalmente locos si creen que así podremos responder a los pedidos que llegan a esta empresa!

Le pregunté: “Luís, ¿de quién es el problema?”. “De ellos, por supuesto”, me contestó airado, “deberían haberme consultado antes de programar las vacaciones de mi gente y hacer el anuncio público.”

“Ciertamente hubiera sido mejor si te hubieran consultado, pero no lo hicieron”, le dije en tono comprensivo. Pero mi comprensión no era una aceptación de su posición de víctima; insistí en pedirle que buscara una oportunidad para el protagonismo y el liderazgo de la situación: “Luís, ¿quién está sufriendo por esta situación?”. “Yo, sin duda”, respondió. “Entonces, ¿de quién es el problema…?”

Se hizo un silencio, y en ese momento vi una chispa de comprensión en sus ojos. “¿Me estás tratando de decir que es mi problema?”, preguntó incrédulo. ‘Yo no tuve nada que ver en la decisión de los directivos.” “En efecto, no participaste en la decisión”, acepté, “pero eres quien sufre las consecuencias. Y si tú eres el que sufre, tú eres el que tiene el problema. No hay persona que tenga mayor incentivo para tomar medidas correctivas que tú.

Si esperas que “ellos”, los que tomaron la decisión de acuerdo con su conveniencia, se preocupen por resolver tu situación, te deseo buena suerte.

Aunque Luís empezaba a comprender el razonamiento, seguía influido por la inercia de la víctima. “¿Por qué tengo que ocuparme de resolver un asunto del que no soy responsable?”, protestó con cierta convicción.

“Porque eres quien sufrirá las consecuencias. Si tú eres el que sufre, es tu problema”, insistí. “No eres responsable del problema, pero eres responsable frente al problema. Más allá de quién es el causante, el hecho es que te enfrentas a una situación que te resulta insatisfactoria. Puedes seguir lamentándote y culpando a los demás, o puedes hacerte responsable y actuar para mejorar las cosas. Hagas lo que hagas, eres tú quien tendrá que vivir con las consecuencias.” “Pero eso no es justo. Yo no soy el culpable.”

“Luís”, le dije, “la vida no es justa; y si esperas justicia terminarás sumido en el resentimiento y la resignación. Te sugiero abandonar la ilusión de que los demás se harán cargo de tus problemas simplemente porque tú crees que ellos los han causado, y asumir la necesidad de enfrentarte a la situación y liderarla independientemente de que creas que no es justo. La idea de ‘justicia’ es una opinión que muchas veces sirve para esconder  la falta de decisión y de acción ejecutiva.

Lamentablemente, la efectividad y afectividad en la consecución de objetivos, la experiencia del poder personal y la paz interior son directamente opuestas a la expectativa de justicia.”